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El aroma de los nardos -cuento de Semana Santa-

Hubo en Totana un juez, allá por los años veinte, llamado don Ambrosio Escudero Abad, natural de Villanueva de los Infantes, provincia de Ciudad Real, que se hizo famoso en los cuatro escasos años que mantuvo su destino por dos razones: por un lado el porte elegante y altanero con que desplazaba su casi metro noventa de talla, dando la sensación a los administrados de que la justicia por él impartida fuese más solemne, impoluta, distante e incuestionable; por otro su afición a la buena mesa, ya fuese berza, ya chiche, el togado las hacía buenas elogiando siempre el buen oficio de las manos agradecidas que con frecuencia la invitaban. Mas aunque su estampa fuese tan estirada y distante, le interesaba a don Ambrosio conocer y conectar con las inquietudes y problemas de pueblo: le encantaba conocer las costumbres y tradiciones de allí donde estaba destinado.

Yo le conocí hace ya algunos años, en un viaje que una primavera hice por Castilla; al pasar por Villanueva una serie de coincidencias me llevó hasta el convento de las Hijas de la Caridad, que regenta allí un asilo de ancianos, con el fin de saludar a una Sor, antigua conocida mía. Mientras esperaba en el claustro del convento - ahora convertido en solarium donde los viejos se calientan al tibio sol de marzo- a que apareciera la monja, escuché de lejos el retumbar de tambores que ensayaban para Semana Santa; en esto se me acercó un abuelo más que octogenario con ganas de conversación, y yo, que necesito poco estímulo para escuchar con fruición historias antiguas, pronto quedé embaído con el cuento del viejo. Lo reproduzco tal como fue y como mi memoria lo ha conservado.

- Así que de Totana. Vaya, vaya... Allí ejercí yo como juez más de tres años y medio antes de la Guerra. ¡Buena tierra aquella...! Buena gente y buena comida, sí señor. ¿ y de quién era usted hijo mío? ¡Pero cómo vas a conocer a sus padres, viejo chocho! Si todavía no habrían nacido cuando estuviste por allí.… Debe haber cambiado todo mucho, ¿verdad? Y es que el mundo gira rápido, más y más y más, como si nada ya pudiera mantenerse en su sitio. aunque la gente de su pueblo respetaba como pocos costumbres y tradiciones, y sepa usted, joven, que por mi oficio he podido; conocer muchos pueblos y ciudades de España. Todavía recuerdo, sobre todo en este tiempo de primavera recién estrenada, la Semana Santa, las procesiones, los armaos, los pasos. Me acuerdo de un lío muy gordo que se armó un Jueves Santo, no sé si fue el del año 29 ó el del 30; seguro que algo le habrán contado. ¿Cómo que no? Pues aquello fue sonado; pregunte, pregunte usted por el sudario de la Verónica. A mí no se me ha olvidado y dudo mucho que naide con conocimiento borre de su memoria lo que ocurrió. La cosa empezó joven, cuando como todos los años se disponían al arreglo de los pasos en la Iglesia: llevaban bien temprano a la Parroquia los pasos, las imágenes, la cera, las flores, el ajuar de los santos... Estos preparativos empezaban el martes o el miércoles, y el jueves bien temprano estaban los tronos listos; la chiquillería y las mujeres gustaban de entrar a ver lo bonitos que estaban cada año. Yo también disfrutaba observando, aunque todos desaparecían o enmudecían cuando me acercaba: ¡ el juez, el juez!, decían dándose codazos descaradamente. Pues bien, recuerdo aquel Jueves Santo que me llamaron al juzgado para que interrogara a una mujer que lloriqueaba temblona. Antes, el Cabildo en pleno se había reunido urgentemente para tratar el caso; habían decidido que fuese el cura y la Junta Rectora quienes interrogarían a la mujer del sacristán. En realidad, Catalina no hacía sino guardar sillas y reclinatorios; los alquilaba durante las misas de los domingos y otras fiestas. Pero aquel miércoles que entró en la iglesia algo le pareció extraño; iba a abrir el templo. Había accedido por la puerta de la sacristía y se dirigió a la principal que casi siempre no estaba más que con la aldaba echada; en ese momento sintió cierto olor dulzón, casi pegajoso que flotaba en la cancela, mientras tiraba de la puerta haciendo chirriar sus goznes. Y no quiso darle importancia; continuó su recorrido, como hacía todos los días, encendiendo candelas en determinadas capillas y altares: empezó por la del Resucitado, encendió también luces en Santa Rita, San José y San Antonio, en la de la Comunión, en la capilla del Rosario, cruzó la nave y al llegar a la de la Purísima, el lado de Evangelio del Altar Mayor, sintió de nuevo ese olor tan denso y tan dulce y al alzar la vista, entre la débil luz del comienzo del día y la temblona y mortecina llama de la candela que llevaba en la mano, sintió que la Verónica desde su trono no estaba como siempre; luego aclararía el señor cura que se refería a que extendía sus manos al aire como pidiendo algo u ofreciéndose, pero lo que no tenía era el paño con las tres impresiones del rostro de Jesús que mostraba tan dolorida en el desfile: el sudario de Cristo había desaparecido.

Después de hablar con ella durante más de tres horas, los dignos representantes del Cabildo no habían conseguido sino escuchar el mismo relato una u otra vez. Únicamente un detalle, una pista que era tan absurda como extraña: el fuerte olor al que la mujer había hecho referencia una y otra vez; y sin saber qué hacer y ante la urgencia por resolver el enigma antes de que se convirtiera en escándalo, solicitaron mi consejo y auxilio.

Vamos a ver, Catalina - le decía yo intentando tranquilizarla-, tiene que hacer usted memoria, algo tiene que haber visto y no se ha acordado de contárnoslo. Pero nada, la mujer que nunca antes se viera en un trance como aquél, estaba tan excitada que sólo gimoteaba y no acertaba a articular palabra. Se me ocurrió entonces - gajes del oficio- personarnos en el lugar de autos, y recorrimos el templo en el mismo sentido que lo hiciera esa misma mañana, todavía por amanecer, Catalina la sillera; éramos tres: el presidente del Cabildo, el señor cura y un servidor. Al llegar a la cancela, donde Catalina dijo haber percibido el olor dulzón por vez primera aguzamos los sentidos pero allí no veíamos nada fuera de lugar; dimos cincuenta vueltas hasta que se me ocurrió remover la pila de sillas y reclinatorios que hay junto a la entrada principal. Déjelo don Ambrosio, me decía el señor cura, ahí no va a encontrar más que asientos desmarridos y exhaustos, los buenos los tienen sus dueñas atados con cadenitas por las capillas. Pero yo no buscaba asiento, claro, sino algo que explicase aquella sensación de la mujer; hasta que en un rincón de aquella estructura que formaba el cúmulo de los destartalados asientos, descubrí un hueco en el que pudo haber estado alguien, pequeño pero una persona. Aquí puede haber algo, dije ante el escepticismo de los ilustres sabuesos; y, efectivamente, la almohadilla de un ruinoso reclinatorio había sido la cátedra del autor de nuestra desaparición. ¿El olor? Ya, ya, joven, no se impaciente que ya le cuento. Junto a la desvencijada sede recogí entre el pulgar y el índice de mi mano derecha un capullo entre pergamino y rosa que se debió desprender de una vara de nardo. ¡ Aquí está, señores, el olor dulzón de doña Catalina! Así que el enigma dejaba de serIo: sería cuestión de continuar el hilo de Teseo que nos había proporcionado nuestra Ariadnasillera para superar el laberinto y que la procesión del Jueves Santo fuese con la Verónica y el sudario de Cristo. Continuamos el recorrido hasta llegar a donde estaba la imagen expoliada y allí vimos que, en efecto, unas varas de nardo estaban descuidadamente colocadas en uno de los búcaros del paso: ¡amigos, alguien ha querido resarcir el hurto con flores! Catalina percibió sin duda aquel olor intenso y dulzón propio de los nardos en el momento del día que más hueles, al amanecer, e imponiéndose con fuerza a un fato a cera y aceite de lamparillas; el olor inhabitual primero y la desaparición del paño después, embaucaron a la mujer.

Dos pistas nos impulsaban al próximo paso: una persona pequeña, un niño tal vez, y alguien que tuviese varas de nardo en su casa. ¿Quién puede tener plantadas cebollas de estas flores? Demandé a mis acompañantes; el señor cura, aunque llevaba ya casi diez años en el pueblo, nunca prestó atención a situaciones como la que planteaba en mi cuestión, pero el presidente del Cabildo, de oficio escribiente en el ayuntamiento, aportó una salida desde su conocimiento y trato con casi todos los vecinos: es difícil dar una sola respuesta, porque mucha gente tiene macetas en sus patios y ventanas con nardos, pero hay en el Rincón de las Flores, en la puerta de la casa de la esquina, un sembrado de nardos que hace ojo. Y allá nos encaminamos los tres, escalando la calle Mayor Sevilla para girar a la izquierda, rebasada la casa de doña Carmen Aledo. ¿ Sabe usted si vive todavía? ¡ Qué lástima, con las buenas meriendas que tomamos en esa casa! Bueno joven, llegamos al Rincón de las Flores y, tal como nos había referido el presidente del Cabildo, la casita de la esquina, con tejado blanco y achaparrado, fachada corta pero blanquísima, puerta y ventana verdes, cortina de loneta gris en la entrada con dos listas blancas en el bajo para quitar el resol y las moscas, tenía debajo de la ventana, sembrados en la tierra, un macizo de nardos que al atardecer y al alba perfumaban dulce e intensamente todo el barrio. Nos acercamos y empujamos la puerta que estaba abierta. Ave María Purísima, dijo el señor cura; pero nadie respondía. ¿ Quién hay por aquí? Ave María Purísima, repitió. En la puerta del patio que había en el tercer cuerpo de la casa se recortó la figura de una mujer que venía secándose las manos en el delantal. Era joven todavía, de rasgos simples pero hermosos; tras la falda amplia, agarrado, se escondía un niño que todavía no habría comulgado. Buenas tardes, Isabel, le dijo el presidente del Cabildo que conocía a casi todos los vecinos; estos señores y yo intentamos resolver un asunto de bastante importancia, ¿querrías contestar a las preguntas que te haga don Ambrosio? La mujer asintió respetuosa ante tanto jerarca junto y le pregunté ¿qué les ha ocurrido a los nardos de la puerta? ¿ acaso el gato se ha revolcado quebrando más de la mitad de las flores? Isabel me miró desconcertada, pensando qué extraña importancia podía tener para la justicia sus flores. Mi Agustín cogió un buen puñado para llevarlo a la Iglesia, ¿no fue así, nene? , decía mientras sacaba al crío bajo sus faldas. ¿ y por qué quisiste llevar las flores a la Iglesia, Agustín? , le pregunté; pero no me contestó él sino su madre: Mi marido está delicado y el crío se escapó la otra noche para pedirle a Dios y a sus santos que su padre se ponga bueno; yo no me enteré hasta otro día y se llevó dos azotes en el culo , porque es muy chico para andar por ahí solo, aunque sus intenciones fueran buenas. ¿ y tu marido, Isabel? , le preguntó el cura, ¿mejora? Pues aunque parezca mentira, después de la escapada de mi Agustín, ha empezado a comer y ya se levanta a ratos de la cama, dijo la mujer mientras su rostro dibujó una sonrisa luminosa y esperanzada. Yo entonces me acerqué al niño me agaché y le dije bajito al oído. ¿No tienes nada que devolvernos? El muchacho fue hasta la habitación de su padre y debajo del colchón sacó algo doblado con mucho esmero y liado en un pañuelo limpio, alargó la mano y me lo entregó. ¿Qué es eso, Agustín? , le preguntó su madre, pero el crío no respondió. Ya sabes, Isabel, que en la catequesis le enseñan la Historia Sagrada a los niños, y tu hijo se acordó del Cristo sufriente y agonizante cargado con la cruz, de la mujer que le enjugó el rostro; cuando vio enfermo a su padre, igual que hizo la Verónica, quiso enjugar su sufrimiento acercándole el mismo rostro de nuestro Señor; cosas de críos, Isabel, cosas de críos.

A partir de aquella Semana Santa dos cosas se convirtieron en costumbre: la Verónica siempre llevó alguna vara de nardo en su trono, y el sudario que portaba la santa recorrió las casas de los agonizantes, para ver si se volvía a obrar el prodigio o para reconfortarlos en el último trance.

Perdone, ¿era usted quien esperaba a sor María de los Ángeles?, me preguntó una monja dulce y rechoncha. Sí, soy yo, contesté. Pues siento muchísimo que haya aguardado tanto rato, he estado buscando a la hermana por todo el convento, pero parece ser que ahora mismo no se encuentra aquí. No se preocupe usted - dije mientras el viejo se aleja despacio- ha sido una espera muy agradable. Vuelva usted cuando quiera, me dijo la sor. Volví, pero aquella fue la última vez que vi a don Ambrosio.

JUAN FCO. OTÁLORA TUDELA .