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El lienzo de Berenice

- cuento de Semana Santa -

Berenice recoge a toda prisa las ropas que tenía tendidas sobe los espliegos y romeros; termina de enjuagar lo poco que todavía quedaba en el pilón, y hace dos hatos para que no se moje la ropa seca con la que hace un momento todavía estaba dentro del agua. Cuando he salido esta mañana ya lo oí decir; y todo el tiempo que he estado lavando la comidilla de las mujeres ha sido la misma. La verdad es que desde hace varios días no se habla de otra cosa en la ciudad, pero ni a mi marido ni a mí nos gusta meternos en líos. Para Berenice lo mejor ha sido siempre no destacar ni por arriba ni por abajo. pasar desapercibida; sólo en esta situación es como le dejan a uno tranquilo. Ya he conocido mucha gente e incluso familiares que se han jugado el pellejo por las ideas, que han hecho oposición y de la fuerte, pero no les ha traído sino quebraderos de cabeza y cosas peores. Por eso. cuando dicen que hay tal revuelo montado en la ciudad. Berenice decide acabar cuanto antes e ir a su casa.

Berenice baja todas las semanas a los pilones que forma el arroyo que hay junto al cementerio. Allí bajaron su madre. y la madre de su madre, y la madre de la madre de su madre; allí baja ella a su hija. para que sepa cómo lavar bien la ropa. Si quieres encontrar un buen marido es necesario que gobiernes la casa con soltura: los hijos. la comida, y la limpieza no deben tener secretos para ti. La hija de ocho años escucha atenta mientras Berenice sube la pendiente; la enseñanza de la madre se repite continuamente y la niña graba en su mente y en su corazón. Suben rápido porque no quieren encontrarse con todo el jaleo. Deberían prohibirlo: toda la ciudad está inquieta; en la fiesta mayor del año deberían evitar espectáculos como el que nos quieren dar. Quieren que la gente aprenda lo que se debe y lo que no se debe hacer, hasta dónde se puede llegar, con quién puedes echar un pulso. Se han oído versiones para todos los gustos: quienes creen que esto tenía que llegar y quienes creen que es una injusticia. Berenice en los últimos días esquiva a todos. Yo tengo mi opinión, como todos, pero en estos tiempos inciertos en los que tan pronto estás arriba, como la tortilla acaba dando la vuelta es preferible callar, que nadie crea que estás contra él; cuando nos ofuscarnos es mejor no embestir de frente.

La pasión había prendido muchas veces en este pueblo; parece como si todos los que vivimos alrededor de este mar, próximos a él, escuchemos continuamente el canto de sirenas que nos atraen hacia aguas turbias. Nuestra ciudad es un hervidero y parece que hoy se va a resolver el conflicto definitivamente. Todos andan inquietos y Berenice también; ya ha subido las terribles cuestas de la torrentera en cuyo fondo hay un arroyo donde van las mujeres a lavar; suben Berenice y su hija de apenas ocho años; van cargadas con dos hatos, con la ropa limpia de los hijos; corren sin querer mirar atrás para que no las paralicen. Vamos, vamos; no digas que estás cansada. Hemos de cruzar antes de que no podamos atravesar la calle Mayor. Vamos. Trae que yo llevaré las dos talegas. ¡vamos, niña! Berenice agarra un fardo y lo coloca sobre la cabeza; el lío con la ropa seca lo lleva bajo un brazo; con la otra mano agarra la mano de la niña y le empuja decidida. Cada vez el alboroto y la confusión crecen por las calles donde van pasando. Todo el mundo ha salido de sus casas para ver en qué acaba todo aquel jaleo; la curiosidad ante la desgracia ajena y el cotilleo despiadado no son sólo cosa del pueblo: también ocurren en la ciudad. ¡Mira que la gente tiene gana de llevar y traer! Con lo bien que hiría el mundo si cada uno se ocupara de sus asuntos. Vamos niña, vamos.

Es casi mediodía y Berenice está a punto de traspasar el corazón de la ciudad que late desbocado. La niña casi no puede más: lo que otros días ha sido divertido hoy se ha convertido en una carrera frenética. Otras veces se detienen en las tiendas para ver y oler todo lo que venden. Muchas veces compran dátiles o higos secos o miel. Les gusta acariciar las telas que vienen de tan lejos y escuchar la melodía de los perfumes que pulsan los sentidos para llevarnos a espacios tan lejanos... Hoy todo eso no existe: mañana es la gran fiesta, pero este año la gente ya anda ebria pero no de vino, sino de rencor y envidia. Vamos, vamos que ya llegamos, niña. Un último esfuerzo y estaremos a salvo de esta maraña humana. Ya casi cruzan la arteria principal, la que conduce a las afueras cuando le cortan el paso de forma brusca. La niña se escabulle y llega hasta el otro lado de la calle, pero es imposible que ella pueda cruzar. Sin quererlo y sin buscarlo va a ser testigo en primera línea del desfile macabro que se sucede precipitadamente.

La primavera es muy hermosa cuando llega a esta tierra. Sobre todo en las mañanas, el sol irisa el ambiente y entre las hojas de las palmas y los olivos parece como si amaneciera por vez primera. Todo se hace rotundo y se afirma al avanzar el día, pero la tibieza hace que la luz nunca llegue a ser insolente. Sin embargo esta mañana de primavera un olor dulzón a vida pero también a sangre lo llena todo. Berenice está paralizada: poco a poco se aproxima aquello de lo que viene huyendo durante tanto tiempo. !Dios mío! ¿Qué es esto? ¿Como es posible que hayan podido hacerle esto a un hombre? !Mi hija, mi hija! ¿donde está mi hija? I Por Dios, que no vea esto! Ante sus ojos está pasando al que van a ajusticiar. Es un hombre joven, conocido por todos no sólo en la ciudad sino más allá. Va casi desnudo, apenas cubierto por harapos; arrastra un madero; su espalda es un amasijo de sangre, jirones de piel, polvo y esputos; sus pies desnudos y las piernas destrozadas no pueden sostenerlo ya; ¿el rostro? No tiene rostro: se lo han borrado con los golpes y la tortura. Y ahí está el hombre pasando ante Berenice. la gente le grita, le empuja y le golpea; él no puede sostenerse y cae hundiendo la cara en el empedrado de la calle. los guardias tiran de él para que se levante y siga. la mujer está paralizada muerta de miedo y de vergüenza y siente como el corazón se le desmorona. !Dios mío, Dios mío! ¿Cómo te han podido hacer esto? ¿Qué puede hacer alguien para que le hagáis esto? !Dios mío! ¿Qué puedo hacer yo? El tumulto crece e intentan levantar al reo. Berenice, con el corazón en la mente, mete la mano al hato de la ropa seca y saca un lienzo de su ajuar; decidida se escabulle de la guardia y acercándose al hombre le seca el sudor, la sangre y las lágrimas de la cara. Se miran apenas un instante y la arrancan de su lado. El amargo cortejo sigue su camino. la mujer estrujada por la multitud y todavía en el suelo mira tristemente como se aleja. Mientras aprieta el lienzo sobre su vientre su hija de ocho años le acerca los dos líos de ropa que, pisoteada por la gente, habrá que volver a lavar. Pero por mucha agua que emplee, por mucho que pueda llover sobre sus ojos o su corazón, el verdadero icono, la imagen real de aquel hombre la ha marcado para siempre.

Juan Fco. Otálora Tudela.

Hermano de "La Verónica".

Totana, marzo de 1998