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La Visita

Hace ya casi treinta años que ocurrió lo que hoy os cuento. El acontecimiento, que pasó desapercibido para casi todo el mundo en una época y un pueblo que no iba precisamente a la vanguardia de la cultura, fue eso, un verdadero acontecimiento para mí y para esta ciudad; después de décadas sin que esto se haya sabido, creo llegado el momento de que se conozca. Yo sólo os pongo en antecedentes y os transcribo una carta en mi poder y que da testimonio de la autenticidad de esos hechos.

Escuchad: Llegó a Totana aquella Semana Santa un hombre anónimo al que a pocos llamó la atención. La gente de aquí andaba enfrascada en sus ritos y ya era cada vez más normal que algún extranjero arribase hasta el pueblo a descubrir lo auténtico, que los forasteros habían perdido con sus adelantos y modernidad. Era nuestro hombre de edad madura, rebasados los cincuenta pero sin aspecto todavía de jubilado: menudo de talla y enjuto de carnes se movía con inseguridad, tal vez por su vista que cansada de tanto mirar, leer y buscar se negaba ya a funcionar; aquel hombre casi ciego, tenía el pelo cano, la frente amplia, profundos ojos azules refugiados bajo espesas cejas; su nariz robusta, los labios fi- nos y las mejillas amplias. Se apoyaba en una mujer bastante más joven que él; ella lo llevaba del brazo indicándole los obstáculos. Aunque nadie lo identificara (no frecuentaba el NODO, ni los escasos televisores lo habían hecho popular) era aquel hombre un poeta, un filósofo y un narrador conocido mundialmente; venía buscando el rastro de una familia de la que tuvo noticia en la Argentina, su país de origen, y uno de cuyos miembros, Benjamín, fue protagonista de un relato titulado El muerto, que el visitante casi ciego escribiera veinte años antes.

El joven Benjamín vivió en la Argentina en mil ochocientos noventa y uno; fue el hijo de una pareja de jóvenes inmigrantes vascos que buscaron fortuna, cuando no supervivencia, en aquella tierra de la que manaba leche y miel; la cosa no fue como anhelaron y sus esperanzas se fueron trocando en frustraciones y fracasos. Tan grave llegó a ser su situación que alguno de los vástagos de aquel matrimonio acabó buscándose la vida y encontrando la muerte como contrabandista. La noticia de la historia de aquel muchacho llegó hasta nuestro poeta a través de las leyendas y las canciones de los gauchos. No sé si fue la fuerza y la pasión de la poesía popular que recogió los hechos, si el carácter del joven, o simple- mente la intuición mágica del maestro, la que hizo que le calara profundamente y la elevase a la categoría de eterno a través del relato al que antes me referí. Lo cierto es que nuestro escritor, veinte años después de publicar su libro, continuaba intensamente marcado por la historia, Así que hizo lo posible por seguir la pista en la Argentina de aquella desdichada familia, pero no encontró sino tumbas desoladas y marchitas. A través de la oficina de inmigración supo que los últimos parientes de Benjamín, dos hermanos, habían abandonado la tierra de promisión, reuniendo lo poco que tenían para regresar a España; Así que tras conocer las fechas aproximadas de la partida y con influyentes contactos de nuestro famoso escritor en la aduana de Cádiz, descubrió que uno de aquellos hermanos falleció de fiebres durante la travesía, y el otro no tuvo ansias para cruzar la península, y se quedó en el sur, y terminó en Murcia. Allí se casó, y engendró hijos, y los crió, y éstos tuvieron hijos e hijas, que a su vez engendraron y parieron zagales que ya nada supieron del origen nefasto de aquella estirpe.

El admirado poeta llegó a Totana, sin que nadie lo reconociera, buscando a los parientes de Benjamín; llegó un Jueves Santo, a eso de media mañana, en un oscuro y ruidoso mil quinientos; llegó ex profeso a Murcia y desde allí al pueblo, enjuto e inseguro, apoyado en una mujer mucho más joven que él, y así se presentó en mi casa. Yo entonces era un niño, el más pequeño de la familia, pero intuí la fuerza y la luminosidad de aquel escritor que ya había visto suficiente. Nos contó la historia que os he referido, ya mí que los cuentos y los relatos siempre me embelesaron no perdí detalle, ni me fui a ver la llegada de los pasos a la Iglesia, ni la rueda del caracol de los armaos; el hombre no pudo verme, pero me percibió allí durante todo el tiempo, y tras una amplia sobremesa me pidió que lo acompañase en un breve periplo por el pueblo. Estuvimos en los Oficios de Santiago, le llevé capilla por capilla y yo le explicaba los pasos, cómo en la Negación había un pollo disecado, las caras de los chepes, la espada de San Pedro que cortaría la oreja, el cordero y las frutas de la Última Cena, San Juan con su palma, la Verónica tan apenada y portando el lienzo con las tres caras de Jesús impresas. El niño fue ojos nuevos para el maestro que observaba con frescura a través de aquella mirada; y juntos vieron salir la procesión, y sintió el ciego como yo también el eco primitivo y esencial de los tambores en el estómago. Llegó la hora de la partida, y con la misma discreción que había venido, de la misma forma anónima, el poeta montó en el coche donde le esperaba esa mujer bastante más joven que él y desaparecieron por la calle Cartagena. Antes de partir, se despidió cariñosamente de mí revolviendo el pelo de mi cabeza, y prometió escribirme: " Adiós, Benjamín", me dijo aunque no es mi nombre y entonces yo no lo entendí.

Pasaron varios años desde aquella visita, y cuando ya pensaba que el escritor se había olvidado de mí, apareció el cartero un día de Semana Santa con un sobre remitido desde la Argentina. Éste es su contenido:

Querido muchacho: Supongo que estarás sorprendido de que este viejo aparezca en tu vida tan súbitamente como se presentó hace algún tiempo; pasados estos años he tenido tiempo de pensar, y tú ya serás capaz de entender por qué hice ese viaje y me crucé en vuestras vidas.

Desde que conocí la historia de Benjamín, allá en mi tierra, no he podido dejar de preguntarme por aquel mocetón que en tres años surgió del arrabal y la espiral del deseo y la ambición acabó liándolo y asfixiándolo. Me ha cuestiona- do continuamente por el destino vertiginoso, por la voluntad, por cómo los padres del muchacho, su origen, su barrio, pesaron en la losa de su vi- da; me he interrogado sobre mi propio trabajo, sobre mi vida: la sombra de tu pariente no ha dejado de cubrirme en estos años, y necesité cono- ceros, hube de ir hasta Totana para que este viejo ciego comenzara a ver claro. Aquel ambiente optimista y sensual de la primavera en tu tierra, la gente esencial y pueblo, las imágenes y los ritos, el niño que me acompañó, tú mismo, fuisteis la clave de mi enigma.

¿Podía el destino agarrar del cuello a toda una estirpe? ¿Estaba grabado en la frente de Benjamín, como en la de sus padres, su destino trágico? ¿Habría podido cruzar un océano de agua y de tiempo? Cuando os conocí supe que erais de ellos, pero también percibí claramente que tu corazón era un libro en blanco, un espacio en el que sólo tú escribirás.

Me encantó, y todavía recuerdo en mi universo de ciego, los sitios por los que me llevaste, tu desenvoltura y tu gracia para presentarme unas imágenes y unas situaciones que nunca antes vi, pero que están nítidas en mi mente; recuerdo especialmente la imagen de la Verónica, cómo me la dibujaste, esa mujer que tendía hacia mí, entre flores y tulipas moradas, un lienzo con el que limpió el rostro de Cristo, tal vez para enjugar mi angustia también. Me contabas que la cara del Señor no se podía borrar, por más que la lavara Verónica, y al regar con el agua de la colada la parra del patio de su casa, en todos los pámpanos apareció la imagen sufriente. y esas historias, que te contara tu madre, en los labios de aquel niño parecían recién ocurridas. y no hallé ninguna sombra de tragedia; y volví a ver, a ser niño; y me entusiasmé con tambores, azahares y claveles. Supe que el gaucho Benjamín había muerto, mas otro Benjamín también de su sangre, pero nuevo y libre, me llevaba de la mano por un laberinto de pueblo, nazarenos y bocinas. y sentí paz.

Hoy, más viejo que cuando te conocí, estoy cansado pero tranquilo; no hay ya sombras que me persigan. Sólo con serenidad y alegría sigo recreando en mi particular memoria de ciego la imagen de un niño que, de la mano de un viejo, cuenta, como si hubiera ocurrido ayer, la historia de la Verónica.

J.L.B

Nunca más volví a tener noticias suyas.

Juan Francisco Otálora Tudela.

Totana, marzo de 2000